| LITERATURA

Carlos Laborde

Abogado y realizador de cine radicado en Alejandro Petión.

Ganó diversos certámenes literarios en Cañuelas y recibió variadas distinciones, como la mención de honor Junín 2006.

Fue guionista y director de Detrás de las Vías, la primera película realizada integralmente en Cañuelas.
Su documental "Berni por dos", sobre el genial artista argentino, obtuvo el primer premio en el Festival de Cine-Arte organizado por el Fondo Nacional de las Artes de la Nación (1986), en tanto que "El lugar de mi ceniza", sobre el autor de El Aleph, consiguió el segundo lugar en el concurso "Borges y Buenos Aires", auspiciado por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y Fundación El Libro, Feria del Libro 1999.

En InfoCañuelas publicamos dos obras de Laborde, "Composición, tema: la vaca", mención en el concurso de cuentos auspiciado por la Municipalidad de Avellaneda y realizado por el diario La Ciudad de Avellaneda; y "Turismo", mención de Honor en Junín País 2006.


Buenos Aires, 6 de agosto de 1950, Año del Libertador General San Martín. Tercer Grado "B", Turno Mañana. Escuela nº 5, Distrito Escolar IV.

COMPOSICION. TEMA: LA VACA

La versión que se transcribe es la corregida por la Srita. Amelia, quien colocó, con su lápiz rojo, la puntuación correspondiente, omitida por el niño, antes de enviar alumno y texto a la Dirección.

La vaca es un mamífero rumiante. También es un animal sagrado. -¡Cuánto le debemos a la vaca!-. Da la leche, el cuero, la carne y también se aprovechan sus pezuñas. Mamá se enojaría con la vaca, porque tiene lagañas. Siempre me insiste para que me lave la cara y los ojos con agua fría cuando me levanto. La vaca no lo hace, por eso tiene lagañas. Hay muchas marcas de vacas, como de autos, que arregla papá en el taller. Me acuerdo de todas las marcas de los autos; pero no me acuerdo de los nombres de las vacas. Yo sé que nosotros debemos querer y respetar a las vacas, más que a nadie después de los símbolos patrios y de los próceres que forjaron nuestra nación, porque las vacas son buenas y útiles para los chicos y los grandes, aunque sean un poco sucias, sobre todo cuando viajan, tan amontonadas y con ese olor espantoso. Pero la leche es rica, y el dulce de leche, más.

Una vez hubo un problema con una vaca. Fue cuando iba a catecismo para prepararme para la primera comunión. Allí, con las monjitas que nos enseñaban, habíamos armado un pesebre, y pusimos una vaca, una hermosa vaca blanca y negra, justo al ladito del Niño Jesús. Y ese día vino el Padre Juan, el cura de la iglesia de la vuelta, y cuando vio la vaca en el pesebre se enojó con las monjitas y protestó sobre la verdad histórica y no se qué de la mente de los chicos. Decía que en Belén no había vacas, sino cabras y ovejitas, y que había que sacar la vaca del pesebre. Se armó todo un lío. Llamaron a las madres y éstas se reunieron en secreto con las monjitas, y escribieron y firmaron unos papeles. Cuando se enteró mi abuelo de lo que habían escrito, se enojó mucho con mi mamá y dijo cosas tan feas de las monjitas que no me animo a escribir en el cuaderno de clase. Mi abuelo quería al Padre Juan, jugaban juntos a la brisca en el café. Yo quiero mucho a mi abuelo. Mucho. Y por el lío del pesebre, el Padre Juan tuvo que irse y vino otro cura. Y nos enseñó una palabra nueva, muy difícil, pero que yo sé escribir: desagravio. Y esa palabra quería decir que teníamos que hacer un gran pesebre viviente, con una vaca al lado del Niño Jesús. Y tuvimos que meternos tres chicos bajo la piel de la vaca. La vaca quedó hermosa, yo vi después la foto, porque no la podía ver de verdad porque yo estaba adentro. Y cuando hicimos el pesebre viviente vino un obispo, un cura muy importante, todo vestido de rojo, con un sombrero también rojo. Y las sacristanas trajeron un sillón muy alto y lo pusieron en el medio del corredor, delante del altar, y él se sentó allí, solo, y todos le besaban la mano. Como yo estaba dentro de la vaca, al lado del Niño Jesús, lo tenía tan cerca que veía todo lo que hacía. Tenía ojos como de pescado y se babeaba. Después dejé de mirarlo porque cuando lo miraba, me daba un poco de miedo. Yo hice de mozo cuando sirvieron el oporto en la casa parroquial, y le escuché decir a la Madre Superiora que mi abuelo era rojo, como todos sus amigos de la brisca, y que el Padre Juan, el que se fue, se juntaba con ellos. Pero eso es mentira, porque mi abuelo querido siempre se vistió con pantalón negro, faja negra, camiseta blanca y gorra negra, y sus amigos también. El que era rojo era el cura importante con ojos de pescado, que daba miedo. No hicimos más el pesebre viviente y no sé que pasó con la piel de la vaca, que era tan linda, donde nosotros nos metíamos adentro.

Con lo que tengo lío es con el marido de la vaca. La Señorita de segundo grado decía que era el buey, pero mi abuelo se rió y dijo cosas feas del buey, y que el marido de la vaca era el toro. Mamá dijo que el buey es un animal bueno y hacendoso, y que quiere mucho a la vaca, pero mi tío Hugo dijo que eso habría que preguntárselo a la vaca. Como en casa no se ponían de acuerdo, le pregunté a don Cosme, el carnicero, quién era el marido de la vaca. Don Cosme fue al piletón con hielo y agarró dos bolas, como de sebo, y las tiró sobre el mostrador: -Éste es el marido de la vaca, dijo. -Pero, ¿es toro o es buey?- le pregunté. -Era toro y ahora es buey- dijo don Cosme. Como sigo confundido, no puedo escribir sobre el marido de la vaca. Tal vez en cuarto grado lo aprenda.

Hay muchas, muchas, muchas vacas, pero no tantas como cucarachas y ratones, que hay muchísimos, muchísimos, muchísimos. Hay más vacas que hombres. Por eso mi abuelo pregunta dónde están las cuatro o cinco vacas que le corresponden. Mamá dice que ellas están en el campo y los hombres en la ciudad, pero mi abuelo querido dice otra cosa, que yo no entiendo y que hace enojar a mi papá, que le dice al abuelo que se calle la boca y no se meta en más líos. Mi tío dice que las vaquitas son ajenas, por lo que pienso que el Sr. Ajeno debe ser muy rico, como el dueño de la casa de altos de enfrente, que tiene un Chevrolet negro, lustroso, con chofer con gorra que le abre la puerta para subir y bajar. Pero no se llama Ajeno, se llama Rodríguez. Lo que sí me confunde es que a la Sra. de Rodríguez mi mamá le dice la vaca, así que no sé si el Sr. Rodríguez es Rodríguez, es Ajeno, es el toro o es el buey. O si la señora es o no una de las vacas que reclama mi abuelo.

Perdón, me había olvidado: la vaca muge.



TURISMO

El Sr. Buthelot recorrió a pie el corto trayecto entre su hotel de Retiro y la estación de ómnibus, y llegó a la terminal con la media hora de antelación que le imponía su conducta. Durante la caminata, había visto a cientos de desvalidos vendiendo productos imposibles con el suelo como mostrador. Éstos, a diferencia de su patria, no eran inmigrantes ilegales sino propios nativos, o al menos sudamericanos; cuestión de latitudes, pensó. En la terminal, buscó su andén de salida, y lo encontró colmado de viajeros y equipajes, sin ningún bus colocado para abordar. Los parlantes informaron que el paro sorpresa de chóferes duraría una hora más. Buthelot admitió que estas cuestiones eran comunes tanto a los países centrales como a los periféricos y, dispuesto y obligado a esperar, se acomodó en un bar de la estación donde bebió largamente cerveza argentina, a la que se había acostumbrado y le complacía. Superado el problema, viajó a la costa y se instaló en el bungalow sobre el mar que había reservado. Encontró la zona demasiado fría y ventosa, tan inclemente como la costa de su país. Buthelot caminó la playa, recorrió los médanos y sus pinares aledaños, hasta conocer perfectamente el balneario y las costumbres de los turistas. Por las noches, se regalaba con la inesperada buena gastronomía del lugar.

Una joven pareja, de la mano, se dirigía hacia el mar, distante unos doscientos metros de la carpa instalada entre las dunas para protegerse del viento. La hijita permaneció en el lugar, llenando el balde de arena con sus manitos, pues había perdido (o le habían quitado) la palita de plástico. Buthelot, que el día anterior, a pedido del padre, les había tomado una foto de familia, se acercó a la niña y le dijo que había visto su palita azul, y que si quería, la podían ir a buscar. Vista desde la playa, la figura habitual de un padre con su hija de la mano, se perdió entre los médanos.

Tres horas después, en los televisores de la sala de embarque del aeródromo local, Buthelot vio imágenes de la playa; los turistas batiendo palmas para advertir sobre una niñita perdida, y a su madre, desesperada, atendida por los bañeros. Una matrona, con batón sobre la malla, se quejaba al reportero sobre la inconciencia de estos padres modernos que dejan a sus hijos solos para tomar un baño de mar. Buthelot embarcó en el vuelo de las 18 hs. rumbo a Buenos Aires. Arribado al Aeroparque, un remise lo trasladó directamente al Aeropuerto Internacional de Ezeiza. Selló su pasaporte en migraciones. El empleado pudo apreciar que estaba extendido a nombre del ciudadano belga Pierre Alexis Desfoucot. Abordó el vuelo de las 23 hs. Ya en viaje, en su butaca clase turista, después de reponerse del estrés del despegue, Buthelot evaluó que su estadía en la Argentina había concluido felizmente y que había concretado su ilusión sin recurrir a ninguna de esas sórdidas empresas de turismos específicos que se promocionan por Internet. Satisfecho, retomaría su cátedra en el seminario de Bruselas.

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