| LITERATURA

Gabriela Vidal

Docente y psicopedagoga, nacida en Cañuelas y residente en Capital Federal desde hace unos quince años. Está casada y tiene tres hijos: Nicolás, Micaela y Candela.

Lo primero que escribió a los 7 años fue la descripción de su perro y lo hizo utilizando rimas. Desde entonces siente que la persigue (el perro, no la rima).

Participó en el taller de Graciela Repún y en la actualidad es alumna de Silvia Schujer, dos grandes de la literatura infantil.

Está trabajando en la edición de su primer libro (presentó sus originales en las editoriales Aique y Longseller).



LA VERDAD DE LA MILANESA

Dicen que la milanesa
era un tanto presumida,
de cualquier menú de chicos
se sabía preferida.
En vianda o en heladera
no duraba mucho tiempo
era presa favorita
de comensales hambrientos.
Lastimaba su amor propio
salir siempre acompañada.
-¡Sin nosotras no sos nadie!
le gritaba la ensalada.
-Soy el plato principal
contestaba petulante,
-la guarnición sólo tiene
destino de acompañante.
-Además me siento reina
por la elección popular,
ustedes no son tan ricos
yo en cambio soy un manjar.
Papas fritas y puré
cansados de ese maltrato
un buen día se enojaron
y la empujaron del plato.
Mayonesa y salsa golf
se unieron en el castigo.
-Es un complot en mi contra,
son todos mis enemigos.
La milanesa enseguida
consiguió un par de aliados
jamás la dejaron sola:
el huevo y el pan rallado.
Los postres participaron
en el pleito hasta el final,
los cañoncitos de dulce
disparaban a la sal.
Con fideos municiones
no se resolvió el problema,
"Su Majestad" iba armada
con bombas de papa y crema.
Y se armó tal descontrol
en la riña de ingredientes
que el chef debió recurrir
a espadas de escarbadientes.
Recién terminó la lucha
(cual invasiones inglesas)
cuando se usó aceite hirviendo
para freir milanesas.



SEGISMUNDO, UN RATÓN VIAJERO

-¿Y ahora, qué hago? ¿Salto?

Segismundo corría por el borde del estante más alto de la biblioteca. Detrás, el hada madrina lo perseguía con la varita.

"Mejor me escondo en esa carpeta", pensó.

El hada madrina, que era medio chicata y estaba sin lentes, siguió de largo.

Segismundo esperó un momento y, cuando estuvo seguro, se apretó el hocico, cerró los ojos y se zambulló hacia el piso de un salto.

-¡Sí! ¡Por fin soy libre! -gritó eufórico- ¡Andá a convertir en caballo a otro animal! Y si no hay carroza, que Cenicienta vaya a la fiesta caminando. A mí -agregó enérgico-, en ese cuento no me ven más ni un bigote.

Ya en el suelo, el ratón miró para todos lados como estudiando su nuevo escenario: una cama con acolchado azul, la biblioteca, una mesa de luz destartalada y un ropero antiguo de esos que tienen un espejo en la puerta del medio. Hasta ahí se acercó y, en puntas de pie, pudo verse la cabeza.

-¡Qué despeinado! -se dijo mientras usaba los dedos como peine. Con esta pinta voy a quedarme soltero.

De pronto, escuchó pasos y ruidos en el picaporte.

Una mujer abrió la puerta y, por el susto de ver a Segismundo en el medio de la habitación, se le despegaron los ruleros que llevaba en la cabeza.

-¡Ay! ¡Auxilio! -gritó- ¡Socorro! ¡Ayuda!

-Espere, señora, espere que soy inofensivo, yo nunca comí a nadie.

-¡Socorro! -seguía gritando la mujer- ¡Un ratón inmundo!

-No, inmundo, no. Segismundo es mi nombre, Se-gis-mun-do -trataba de explicar el ratón a viva voz.

-¿Qué pasa? -se escuchó con tono masculino.

-Un ratón, un ratón asqueroso en la pieza de Martín. Sacá a ese animal ahora mismo, traé la escoba. ¡Rápido!

Al verse acorralado, Segismundo entró en el ropero y se metió en el fondo del cajón de las medias. Se hizo un ovillito y quedó como un capullo largo rato.

El hombre irrumpió en el dormitorio con la escoba entre las manos y buscó debajo de la cama, atrás del ropero y de la biblioteca. No vio nada. Volvió a revisar debajo del ropero, atrás de la biblioteca y encima de la cama. Y nada. Al ver que no encontraba al visitante, pensó una mentira para calmar a su esposa, que no paraba de subirse a cuanto banquito, silla o sillón encontraba en el camino.

-Querida -le dijo-, ya saqué al ratón por la ventana. Tranquilizate.

-Ay, gracias a dios, me salvaste.

A Segismundo se le escapó una sonrisa.

"Va a ser mejor que me cuide.", pensó, "Acá no soy bienvenido ¿Será por mi peinado? El de ella era bastante extraño también."

Acurrucado sobre almohadones de medias, Segismundo oyó otro ruido, pero esta vez conocido. Era el que hacía su panza cuando estaba vacía. Debía buscar comida y también un lugar donde estar a salvo. La vida dentro de "Cenicienta" ya era historia, ahora debía enfrentarse al mundo real. Comenzó a estirarse encima de un zoquete blanco con perfume a roquefort, cuando escuchó otra conversación:

-Oscar, encendé la estufa al máximo, la casa sigue helada.

"¿Sigue el hada por acá?", se aterrorizó Segismundo y un nuevo diálogo lo sacó de sus pensamientos

-¿Viste mis llaves? -escuchó decir al hombre

-Estaban en la mesa ratona -dijo la mujer-. En el living.

"Mesa ratona...", repitió el ratón, "No tengo dudas, el hada sigue estando acá y haciendo de las suyas. Pensar que yo me quejaba porque me convertía en caballo... ¡Pobrecita ratona!".

Segismundo decidió esperar a que la mesa se transformara en roedor otra vez. "Quizás sea una ratoncita guapa", pensó, "de ojos oscuros, pestañas arqueadas, soltera y sin novio".

Tras un silencio prolongado, Segismundo abrió la puerta del ropero, saltó del cajón al piso y patinó hasta el lugar del living donde estaba la ratona. La vio: quieta como estatua, toda de madera, dura como queso de rallar.

Durante horas se quedó mirándola escondido en un huequito que había encontrado en el zócalo. Y nada... no había transformación. Hasta que escuchó una voz desconocida:

-Con la plata que me traiga el Ratón Pérez, voy a comprar un montón de figuritas.

-Bueno Martín, poné el diente debajo de la almohada y esperá hasta mañana.

-Ratón Pérez... -murmuró Segismundo-. Acá viven más ratones y ¡al único al que rechazan es a mí! Así que va a venir un tal Pérez y con plata...Quizás él pueda recomendarme un buen lugar donde encontrar comida.

Pasaron las horas. En el cielo se asomó una luna de fontina. Toda la familia fue a dormir y Segismundo aprovechó para salir del zócalo. Buscó una nueva guarida en la pieza del menor de la casa. Debía esperar despierto a Pérez.

Y Pérez... no apareció. A la única que vio durante la noche fue a la mamá de Martín que abrigaba a su hijo con el acolchado azul y le acomodaba la almohada. De Pérez, ni noticias.

Segismundo estaba desilusionado:

-Esta casa está llena de ratones pero yo no encuentro a ninguno. No voy a perder más tiempo. Soy un ratón que irá a buscar su destino con ratona, con Pérez o sin ellos.

Y después de decir eso, caminó hasta la puerta de entrada. Pasó delante de un espejo inmenso que colgaba de la pared, se peinó y salió decidido a vivir una vida que no fuera puro cuento.


INFOCAÑUELAS.

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