| LITERATURA

La memoria del silencio (cuento colectivo)

InfoCañuelas publica el primer cuento colectivo escrito en el Foro de esta web por Susana Frasseren, Telma Martines, Esteban Cid, Mario Morrone y H. Benedi.

En las tardes de septiembre, que se hacían más largas, mojadas por las lluvias interminables, acostumbraba recorrer los bordes del pueblo. Sus pies iban con autonomía propia hacia ese lugar que le estaba vedado... (Susana Frasseren) ese rincón que había estado buscando desde niño: un repliegue del tiempo. Su abuela le había confiado ese secreto que desde entonces lo desvelaba: había un lugar en las afueras en donde el pasado se hacía presente y se volvía futuro a la vez. (Esteban Cid)

Trepaba no sin dificultad por los peldaños de la escalera angosta; desde allí miraba la bifurcación de los rieles y se dejaba envolver por la fragancia de la hierba renovada y las primeras flores. (Telma Martines)

Estaba muy cerca y a la vez a una distancia interminable, que se encarna, porque a pesar de su intención velada, apenas podía salir de ese enclave, tiempo y distancia confundidos, como en los carteles de la avenida que anunciaban con enormes letras: a cinco minutos shopping. Pero allí estaba, no sabía bien dispuesto a qué. (H. Benedí)

Jadeaba un poco cuando dejó atrás el último peldaño del puente de la estación ferroviaria, enfiló hacia el caminito de carbón, los yuyos se volcaban con el peso de sus pasos. Estaba en el camino pero interiormente más lejos que nunca de la meta.  Sí, claro la abuela le había hablado de esa historia. De un hombre que se afincó en el pueblo... Iba buscando un muro derruido, en la trastienda del pueblo, detrás de las vías. Derruido, tal como su corazón el día en que creyó que aquello que le contó la abuela era su única y definitiva historia. (Susana Frasseren).

Solo, los personajes ausentes lo distraían de su búsqueda, no podía ubicar al linyera, ese personaje al cual su abuela había dedicado tanto tiempo en su relato, identificando cada prenda, cada gesto, relatándolo como un ser de tal importancia que la estación no sería tal sin su existencia, y así daba vueltas y vueltas sobre sí mismo y sobre su mente intentando entender cómo podía existir todavía aquel lugar sin él. Se había cruzado con un par de borrachos tendidos en la vereda, pero ellos no encajaban con el perfil romántico del linyera de la abuela. Aquel, que dedicaba varias horas a la lectura del diario, siguiendo los acontecimientos de la Primera Guerra Mundial, ni con aquel que reunía a varios escolares a su alrededor contando historias de submarinos recorriendo las profundidades de los océanos. (Mario Morrone).
 
¿Por qué estaban en su cabeza, pertinaces, esos personajes que aparecían y desaparecían del pueblo, cambiando el rumbo con las estaciones, yendo y viniendo hacia quién sabe dónde? Esos románticos personajes que construían un mundo con el simple gesto de sus manos, tan real que todo lo previsible se diluía. No, aquí no vale el plural, no, se lo repitió varias veces, casi con desesperación, su búsqueda iba a ese en particular, sí a ese... (H. Benedí).

Por un momento trató de reflexionar sobre su comportamiento. Era lógico que las cosas hubieran cambiado. No sería en la reconstrucción de las calles, ni en la de los personajes de aquella historia donde encontraría la punta del ovillo. Sabía íntimamente que el secreto se hallaba en los relatos. Pero como a una mamushka, debía ir sacando cada una de las muñecas para llegar a la más pequeña e indispensable de las señales transmitidas en el relato de su abuela. De pronto pisar una baldosa floja, que salpicó sus medias blancas, lo trajo nuevamente a la realidad, y mientras se agachaba para limpiarse y así mantener intachable su presencia, entre los arboles observó el viejo cartel, algo oxidado, clavado en la pared de ladrillos, "Bar El Polaco" y nuevamente las calles se llenaron de personajes y de esperanza. Estaba en el camino correcto. (Mario Morrone).

Volvió a la trama que los vecinos le permitieron armar con las respuestas dadas a sus preguntas... Después de la muerte de su abuela -un ser para él inmortal- el rompecabezas quedó sin muchas piezas, porque la vieja  también sabía el arte de la perversión y le había señalado un rumbo incierto a su búsqueda. Al final, se dijo, no sé qué mierda estoy buscando. Leyó otra vez Bar El Polaco y se preguntó quién carajo sería el polaco y qué tenía que ver con él. (H. Benedí)

Dio un paso adelante, apoyó la mano en la puerta que se abrió para dejar ante él la evidencia, el paso del tiempo no había sido vano. El olor a humedad, rancio, mezcla de vino, ginebra y cigarros Avanti que exhalaban las tablas carcomidas de los pisos, tenían algo familiar y a la vez desagradable. Le hacían sentir que ese rincón mínimo en la orilla de la vía y en la trastienda del pueblo, no le era del todo ajeno. Largas telarañas se pegaron en su pelo, pendían del cielorraso como los murciélagos que lo hicieron retroceder. Algo de su vida se había fundado en ese lugar. Buscó en sus bolsillos y se dirigió hacia la puerta para ver una vieja fotografía... (H. Benedí)

Tantas veces la había mirado para sentirse cerca de un recuerdo, para evocar un perfume metido en su sangre, para saber que tenía el pasado pegado al presente que él significaba... Y sin embargo la avidez de su mirada nunca reparó en el fondo sobre el cual posaba la belleza de esa mujer negada por su abuela, guardada en la trastienda para el olvido... Eternamente joven y bella, su madre lo miraba desde esa ajada fotografía... (Susana Frasseeren)

Bruscamente volvió a entrar en el boliche, con torpeza pateó algo sobre los pisos carcomidos, apenas un destello metálico. Se inclinó a recogerlo. Era su talismán, se palpó el bolsillo superior de la campera. Su talismán estaba allí. En sus manos tenía una réplica idéntica. Miró a su alrededor y descubrió que esa escenografía era el fondo de la fotografía que siempre llevaba consigo. Sintió que su historia se desataba como una tempestad a través de todos esos objetos, la fonola que tantas veces desgranó música percibida mucho antes, desde un lugar impreciso lo había acompañado toda la vida...

Volvió a escuchar risas, gritos, vio a ese hombre y a su madre tan triste y quieta y después, nada. En sus oídos alguien decía, Tu mamá no está más, vamos que te llevo a casa de mi vieja, qué tiene que hacer un pibe en este lugar. Y ahí comprendió, o empezó a comprender quién era, ahí supo que la ficha caída era la suya. (H. Benedí)

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