Domingo 21 de septiembre de 2014 | Cañuelas, Argentina
| EDUCACION

Poesías de Guillermo Etchebehere

InfoCañuelas te ofrece una selección de poemas del gran escritor cañuelense.

LA MANO DE MI RUMOR
Guillermo Etchebehere / Atahualpa Yupanqui

No puede ser que me vaya del todo cuando me muera,
que no quede ni la espera detrás de la voz que calla.

No puede ser que solo haya ciclos de sombra y olvido
en este amor desmedido que se me hiergue en el pecho,
si hasta en el trino deshecho se salva el duelo del nido.

Pongo mi infancia en canciones y siento que se ilumina
una siesta golondrina toda duraznos pintones.
Celebro las estaciones, lloro su fugacidad.
Y al anegar de piedad la mortaja de su, gloria,
me crecen en la memoria remansos de eternidad.

Cuando, no esté, cuando el leve sobresalto que me ordena
se trueque en tiempo de arena conmemorado, en la nieve;
cuando en mis venas abreve la liturgia de la flor,
tal vez algún labrador cansado de madrugadas
sienta en sus manos aradas la mano de mi rumor.



PÁJAROS

El mediodía cabalga
sobre las nubes viajeras.
Bajo las lágrimas verdes
de un viejo sauce que sueña,
el cansancio de dos bueyes
rumia las horas sedientas.
Los pájaros -los remansos
musicales de la siesta-
llevan el sol en pico
y en las alas madreselvas
para adornar con la noche
el sayal de las estrellas.
Lejos, el cielo se inclina
sobre la sed de la tierra.

Entre dos filas de pinos,
chapoteando en las acequias
y echando al viento sus voces
-celeste tropel de flechas-
corren los niños, soltando
bandadas de risas frescas
y buscando con sus ansias
y con sus hondas despiertas
un blando lecho de plumas
para la muerte de piedra.

Cuando la noche sembraba
silencio azul por las sendas
el más niño de los niños,
la sonrisa más pequeña,
dejó la ronda de juegos
y se fue con las luciérnagas
llevando un trino apagado
por las hondas traicioneras.
Junto a un árbol con el tronco
devorado por las yedras,
hizo un nido de gramillas
para la calandria muerta;
y sobre el vuelo frustrado
de las dos alas sangrientas
puso una amapola blanca
y una caricia de seda.

La luna encontró abrazadas
en un rincón de la huerta,
la tristeza de una muerte
con la infancia de un poeta.



 

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