| LITERATURA

Horacio Peroncini

Nació en el año 1915 en el barrio capitalino de Balvanera Sur, pero promediando la década de los años cincuenta adoptó la localidad de Vicente Casares, partido de Cañuelas, como su lugar de descanso.

Amó el fútbol, el tango, el sainete. Fue cronista deportivo y escribió en importantes medios gráficos como "La República", "El Diario", "Ultima Hora" y "La Prensa".

Murió el 26 de septiembre de 1972 y dejó una importante producción de poesías, algunas de las cuales permanecen inéditas.

Obras: "Iniciales minúsculas"(1951), "Tiempo y paisaje" (1955), "Habitantes de la ficción" (1972), "Las etapas del canto" (1973).



UNA CALLE

Una calle nos vive en el recuerdo,
Con un poco de cielo diferente.

Una calle que nace más allá
del común de las calles, y florece
cada tarde que giran calesitas
en baldíos con pájaros agrestes.

(Es acaso la calle donde aún
nos esperan las lunas de septiembre).

Cuando a veces queremos rehacerla,
en antigua memoria se nos pierde;
pero un día total, distinto, un día
en que el aire es feliz, la calle vuelve
- desde un mundo de sueños y de magia-
con su poco de cielo diferente.

Y nos trae un ayer inolvidable,
donde siempre los árboles son verdes
como el húmedo aroma de los malvones
que nos llega de nuevo, tibiamente.

Más allá de la tierra cotidiana
una calle nos vive para siempre.
Una calle que vuelve cada vez
que regresan los días de septiembre.



CUANDO SEPTIEMBRE SEA

Después que el invierno pase
-pensemos que todo es breve-
la tierra estará despierta
para la vida que vuelve.

(Nos iremos de la mano
por las calles de septiembre).

Está la rama desnuda
de pájaros y de verdes.
Ay, que los árboles casi
sombras de árboles parecen.

(Entre mis manos tu mano
tan fría como la nieve).

Y el ojo, que extraña cielos
con otros atardeceres.
Y el aire que desconoces,
porque hasta el aire nos duele.

(Quién pudo robarte el aire
de las calles de septiembre...)

Después que el invierno pase
-pensemos que todo es breve-
la tierra estará despierta
para la vida que vuelve.

(Nos iremos de la mano
por las calles de septiembre).

Está la rama desnuda
de pájaros y de verdes.
Ay, que los árboles casi
sombras de árboles parecen.

(Entre mis manos tu mano
tan fría como la nieve).

Y el ojo, que extraña cielos
con otros atardeceres.
Y el aire que desconoces,
porque hasta el aire nos duele.

(Quién pudo robarte el aire
de las calles de septiembre...)

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