| LITERATURA

Pablo Garavaglia

Herrero de oficio, posee un comercio y taller de herrería en la localidad de Cañuelas donde expone algunas esculturas realizadas con piezas mecánicas y desechos ferrosos.

Se desempeña como docente en la Escuela Técnica.

Junto a su esposa, Susana Frasseren, fundó el Rancho Cultural Los Uncalitos, dedicado al desarrollo de actividades culturales.

Integra la Comisión de Patrimonio de la Municipalidad de Cañuelas y la Peña Ruedas y Amigos (vehículos históricos).

En los últimos años se inició en la narrativa, rescatando paisajes, vivencias y personajes del distrito.

En forma artesanal publicó "Almacén de Ramos Generales - Historias de un poblado", libro que reúne muchos de sus relatos publicados en la prensa periódica.



EL KELITO

La mirada autista se perdía entre los rayos de luz que traspasaban las rejas de la pequeña ventana de la celda.

El ya había estado preso. Su trabajo de cirujeo lo llevaba a cargar cosas no sólo sucias de barro, grasa o aceites.

-Y, además no tienen el nombre del dueño escrito -como le dijo al comisario. Aunque él no sabía leer ni escribir.

Pero esta vez había cometido un delito grave.

Poco le importaba, ya no tenía familia que lo esperara.

La Juana y "la maestrita" como le decía a su hijita de tres, ya hacía uno que inexplicablemente se le habían ido al cielo. Y un año que el infierno lo quemaba junto con el alcohol.

Kelito por aquellos tiempos ataba la petiza a su carro de gomas emparchadas. Aquel que adornaba con las flores de plástico que iba encontrando, un cencerro en las varas y la leyenda que hiciera pintar en la puerta trasera: " AL TIEMPO SERAS MAESTRA"; pensando en su hija, por quien trabajaba con fuerza, soñando con que ella sí, pudiera estudiar y de esa forma enseñaría a los chicos de la villa, para que el viejo mugriento del depósito no los jodiera más con los números.

Por las mañanas después de matear con la Juana se despedía, no sin antes besar la frente de su pequeña y salía paradito, sólo tomado de las riendas con una sonrisa que dejaba al descubierto su boca desdentada. Saludaba a todo el mundo, porque al Kelito, sí que lo conocían.
Ese lunes había empezado bien el día.

El quintero del chalet anduvo de limpieza en el galpón. Una montaña de trastos viejos estaban apilados sobre el cordón de la vereda.

Casi terminaba de cargar, cuando sus ojos se iluminaron, allí, en una lata abierta con grandes chorreaduras de pintura y con un fuerte olor a combustible un hermoso muñeco asomaba con su cuerpo de trapo chorreante.

Apuró el tranco de la petiza, derecho a descargar a su casa.

Lo primero que hizo fue tomar la lata con el muñeco diciéndole feliz:

-Tomá Juana laváselo para la maestrita.

Ya hacía un año de aquello.

Los vecinos quedaron conmocionados. Nunca pensaron que en un ataque de locura, el Kelito hubiese matado de esa forma al quintero sin dar un por qué.

Al quedar solo su vida ya no tenía sentido para él. Vendió el carro y la petiza.

Andaba con un carretilla juntando para una cajita de vino porque casi no comía si no fuera por algún amigo que le alcanzaba algo.

Pasó una mañana a juntar unos deshechos, entre ellos reconoció de inmediato una lata igual a la que había encontrado con aquel muñeco. Soltó una lágrima. La tomó en sus manos. Estaba limpia. No tenía manchas de pintura pero si el olor penetrante, como a combustible y a un costado entre letras rojas una calavera le clavó su mirada.

INFOCAÑUELAS

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